Agostina - Mi camino hacia el cacao.

El camino que me llevó al cacao

Nací en Argentina, en Bariloche, un lugar de la Patagonia rodeado de montañas, bosques y lagos. Crecer en contacto con la naturaleza fue uno de los grandes regalos de mi infancia. Estudié en un colegio donde las salidas a la montaña, los paseos por el bosque y el aprendizaje a través del entorno formaban parte de nuestra educación.

La naturaleza siempre estuvo presente en mi vida, pero también lo estuvo la búsqueda del bienestar y el conocimiento de uno mismo.

Desde pequeña, acompañé de alguna manera el camino de mi madre, siempre interesada en diferentes terapias y formas de comprender al ser humano. Entre todas aquellas experiencias, hubo una que marcó especialmente mi adolescencia: el rebirthing, de la mano de Leonard Orr.

Leonard viajaba cada año a Argentina para impartir seminarios y, cuando llegaba a Bariloche, se alojaba en nuestra casa. Yo colaboraba como traductora durante sus cursos y charlas. A los dieciocho años tuve la oportunidad de viajar a Estados Unidos para realizar su formación y profundizar en mi propio proceso personal.

Aquella experiencia abrió una forma diferente de observar la vida, el nacimiento, la crianza y los patrones que vamos construyendo a lo largo de nuestra existencia.

Con los años continué explorando diferentes caminos de autoconocimiento, acompañada por las flores de Bach, las esencias, las constelaciones familiares y otras terapias que fueron formando parte de mi recorrido.

Una vida de cambios

A los veinte años dejé Argentina y me trasladé a España. Fue uno de los primeros grandes cambios de mi vida.

Tiempo después conocí a quien sería mi marido. Compramos un campo en Uruguay y durante cinco años vivimos entre Uruguay y España, mientras formábamos nuestra familia y criábamos a nuestros tres hijos.

La maternidad ocupó durante muchos años un lugar central en mi vida. Fue una etapa de entrega, aprendizaje y transformación.

Tras el nacimiento de mi tercer hijo atravesé una crisis física importante que me llevó a un proceso profundo de introspección. Necesitaba comprender lo que estaba viviendo y encontrar caminos para recuperar mi bienestar. Aquella búsqueda me acercó a las medicinas naturales desde un lugar diferente al que había conocido hasta entonces.

Con el paso del tiempo cerramos nuestra etapa en Uruguay y nos instalamos en España.

Los años siguieron pasando, mis hijos fueron creciendo y mi vida volvió a cambiar.

Cuando decidí separarme, me encontré ante una pregunta que llevaba mucho tiempo esperando su momento:

¿Quién soy yo ahora?

Había dedicado gran parte de mi vida a criar a mis hijos. Los amaba profundamente y seguía queriendo ser madre, pero también necesitaba reencontrarme con la mujer que era más allá de la maternidad.

Recuerdo pensar:

«Yo sí quiero a mis hijos, sí quiero ser madre, pero también quiero ser Agostina».

Fue un tiempo de incertidumbre, de cambios y de una búsqueda muy profunda.

Cuando llegó el cacao

En uno de aquellos momentos en los que me sentía especialmente perdida, hice un rezo. Pedí que llegara a mi vida aquello que tuviera que llegar y que yo pudiera reconocerlo y aceptarlo.

Poco después recibí una propuesta para trabajar con cacao.

No sabía prácticamente nada sobre él.

Y eso que había nacido en Bariloche, una ciudad donde el chocolate forma parte de la vida cotidiana. Conocía el chocolate, por supuesto, pero no sabía realmente qué era aquel cacao que me estaban ofreciendo.

Aun así, dije que sí.

Un mes después llegó mi primer lote.

Busqué información en internet sobre el cacao ceremonial. Por entonces encontré muy pocas referencias y casi todas estaban rodeadas de un lenguaje místico que no terminaba de ayudarme a comprender qué tenía entre manos.

Vi algunos vídeos sobre cómo prepararlo y decidí probar.

En aquella época meditaba todos los días. Una mañana preparé mi primera taza, me senté a meditar y disfruté de un momento tranquilo y agradable.

Después desperté a mis hijos para llevarlos al colegio.

Y fue al salir de casa cuando ocurrió algo que todavía recuerdo con muchísima claridad.

El amanecer parecía diferente. Los colores de las flores, la luz, el entorno... Sentía una conexión extraordinaria con todo lo que me rodeaba, como si pudiera percibir la vida latiendo a mi alrededor y sentirme parte de ella.

Recuerdo llamar la atención de uno de mis hijos sobre los colores del amanecer, mientras él me miraba sin entender demasiado mi entusiasmo.

Pero yo sentía una tranquilidad profunda. Una sensación interior de que, de alguna manera, todo iba a resolverse.

Aquella mañana marcó el comienzo de mi relación con el cacao.

Aprender a compartir

Mis primeros años con el cacao estuvieron muy vinculados a las ceremonias y a los encuentros entre personas.

Al principio acompañaba a quienes facilitaban las ceremonias. No era yo quien las dirigía; mi lugar era ayudar, acompañar y compartir el cacao.

También organizaba pequeños encuentros con amigos y conocidos. Nos sentábamos a beber cacao, meditábamos, conversábamos y compartíamos lo que cada uno había vivido.

Con el tiempo empecé a enseñar diferentes maneras de prepararlo, a compartir lo que iba aprendiendo y a descubrir cuánto me quedaba todavía por conocer.

Sentía que había algo más allá de las ceremonias y de la experiencia personal. Quería comprender el cacao desde su origen, conocer sus procesos, las tierras donde crecía y las personas que lo cultivaban.

Mi relación con él fue creciendo y transformándose.

Y poco a poco fui reconociendo cuál era mi lugar en este camino.

Ser portadora de cacao. Hacer que el cacao llegue a la mayor cantidad de corazones posibles.

Un camino propio

Después de varios años trabajando con cacao, llegó un momento en el que sentí que necesitaba continuar de otra manera.

Quería construir un proyecto con el que pudiera identificarme plenamente, trabajar desde mis propios valores y seguir aprendiendo sin perder la libertad de elegir cómo hacerlo.

Empecé a buscar otros cacaos, a conocer nuevas posibilidades y a imaginar lo que podría llegar a ser un proyecto propio.

Fue entonces cuando apareció un nombre: Sumay.

Todavía no sabía todo lo que aquel nombre iba a traer a mi vida.

Pero había llegado el momento de comenzar un nuevo camino.

Y así empezó la historia de Sumay.